jueves, 30 de agosto de 2018

Viajar por el mundo a través de su gente: posibilidad

Recorrer países se ha vuelto toda una tradición burguesa. Las historias y noticias de mis contactos en Instagram contienen paisajes sorprendentes, ciudades gigantescas, edificaciones rústicas y un sin fin de características visuales que irrumpen por su contraste ante las imágenes naturales nuestra, de mi ciudad, Medellín. Parece ser que esa es la forma más notoria y positiva de nuestra relación con lo otro.

Por mi parte, no tengo la tradición ni el entusiasmo de viajar. Mi pasaporte, expedido recientemente, no contiene ni un sello. Y si acaso Antioquia llegaría a convertirse en república soberana algún día, tampoco adornaría mucho ese libro con nuevos sellos, pues a duras penas puebleo. Conocer las magnas obras de la naturaleza intervenida por el humano no me motiva a juntar esfuerzos para viajar. No muero por conocer Madrid ni por llegar a New York. Y no es que me sean indiferentes, solo que prefiero la tranquilidad del espacio conocido, de intentar reinventarme dentro de mi pequeño mundo.

lunes, 25 de junio de 2018

Escribir y no decir nada. Sobre bucles.

Creería que, aunque nos esforcemos por pensar lo contrario, todos tenemos momentos en los que habríamos deseado cambiar la decisión efectuada. Tratamos de consolarnos con ideas como el considerar que solo nos es posible aprender mediante el error, ideas que si bien son acertadas, no terminan de quitar ese sin sabor que produce el haber aniquilado una posibilidad de presente diferente; la sabiduría popular estructura frases como "de nada sirve llorar sobre la leche derramada", pero en la insistencia de estas filosofías se ratifica que justamente lloramos sobre ella, por mucho que nos esmeremos en configurar nuestro pensamiento de manera mucho más funcional.

Yo, nostálgica, me torturo un poco respecto a eso. Repito más que nadie que tan solo puedo evaluar la fortuna de mis elecciones una vez hechas y que es muy fácil juzgar en retrospectiva, en comparación de cuando el panorama no era tan claro. Considero que lo valioso de una experiencia es que aporte algo para reflexionar y prevenir futuras acciones. Me lo repito una y otra vez y así hago llevaderos lo que considero son mis errores, que suman muchos. También me digo que estoy evaluando de forma incorrecta el pasado al idealizar un posible presente que seguramente nunca se habría llevado a cabo. Considero factores que me ayudan a asegurar que la elección hecha fue la correcta, por dolorosa que haya sido, y a veces hasta consigo ratificarme en una decisión con posibilidades de modificación. Esas cosas pasan.

El que hoy escriba es justo la manifestación de una situación de aquellas. Estoy ante algo que me produce intranquilidad, pero en lo que debo plantarme con firmeza debido a decisiones dolorosas, razón que me lleva a abrazar aquella necesidad de defender lo-que-considero-se-debe-hacer, pues mis emociones están mal cultivadas y tienen la potencia de arrastrarme a la inestabilidad.

Identifiqué al problema en el alimento que les ha servido de nutriente: el rencor. La mezcla peligrosa radica en ese toquecito de anhelo. Nuestro cóctel resultante es venenoso y se encarga de pudrir lo bueno que puedo ofrecer para mí y para los demás.

Hace años que está creciendo allí. De vez en cuando, encuentro algo para alimentarlo. Es un rencor que se vuelca en principio en contra tuya: te molesta que hayas sido tan idiota. Realizar un esfuerzo por mantener impoluta la imagen de un otro añorado e idealizado, aunque la finalidad es pedagógica: la idea es aprender y solo tienes la potestad de cambiar tus acciones, no las ajenas, por lo que lo mejor es asumir la responsabilidad en una situación donde te viste perjudicada. El problema está en que ese rencor degenera, convirtiéndose en estéril, y salpica hacia el origen mismo, hacia el sujeto anhelado. Tal vez este rencor sería justificado en una especie de auto cuidado al alejarte del foco de malestar, pero el acompañamiento del anhelo no conduce a nada y allí es cuando la mezcla se hace peligrosa.

Una no puede hacer otra cosa que esforzarse por llevar a cabo acciones que te hagan salir de ese entorno de malestar, a pesar del anhelo que clama cercanía. Ante un sujeto actor, no sirven de mucho. Tienes que recordarte casi como un mantra cuál es el génesis de tus sentimientos actuales. Tienes que insistir en visibilizar su aspecto nocivo. Tienes que reconocer que en tus propósitos está la venganza a través del anhelo de la instrumentalización del otro. Pero, no tienes el poder para llevarla a cabo, porque ese otro siempre ha sido el amo en la relación, conllevando a que solo puedas sentir frustración.


El bucle está justamente en eso: querer volver a vivir el pasado en un presente en el que ya no tiene lugar. Quieres forzar piezas caducadas y corruptas en una situación donde los requerimientos son diferentes, donde ya no existen las excusas que permitieron el lazo, ahora solo alimentado por el rencor y quién sabe qué disfunción narcisista en aquel otro que no-deja-ir. Tu única opción parece ser el compromiso con la liberación. Romper, de nuevo. Seguir rompiendo. 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Ese hábito de embelesarme con desconocidos

Nunca he sido alguien ansioso por las emociones fuertes. Siempre les he tenido algo de miedo, de respeto. No solo es el temor de verme comprometida, cambiada, irreconocible a mis propios ojos, sino también un presente desinterés. Para mí suponen un gran esfuerzo para encajar en lo que los demás llaman vivir o sentir, a sabiendas que tales experiencias no me despiertan un interés real. Y es que, detrás de todo esto, esta esa clave con la que no he sabido jugar: me son indiferentes las experiencias límites, ya que sigo sin hallar la susodicha pasión necesaria. Sin tal ingrediente, la pasión, las experiencias se hacen innecesarias y, por eso, me he construido en torno a una cotidianidad sin grandes eventos, apegada al dramatismo de lo nimio, a la fijación por los pequeños detalles.

Actuar poco ha sido algo así como una consigna. Es un hábito que aprendes y al que le tomas cariño. Por lo tanto, en un día a día sumido en la repetición de actividades, es constante que tu mente deambule y cree castillos de datos que tal vez no se sostengan solos, pero que no es común verlos caer al existir en un universo sin gravedad o presiones que los obliguen a estar unidos, exactos y sólidos, con cargas reales que soportar.

Acusarme de lánguida puede ser una acción deliberada. Intenté salir de allí e intenté brindarle acción a mi vida. Ciertamente, aunque siempre estamos cambiando, algo en mí se transformó lo suficiente para traer la incertidumbre hacia mí misma. Llegué a un estado en que ya no me recocía, encontrando satisfacción, gozo, miedo y amargura por momentos. Ciertamente, no pude observar como una nueva vinculación crecía entre las actividades, los objetos, las personas y yo; al intentar iluminar los límites de mi personalidad, solo hallé nuevos espacios de indiferencia y hastío. La pasión no se cosechaba en ninguna parte y quedó sujetada al reino de la memoria, en donde prosiguió ficcionando con ese poco material que, a cuentas reales, he tenido para trabajar, ese aquello que me podría mover, aquello que podría amar porque siento que ya lo amé.

jueves, 6 de abril de 2017

Opinión personal de Lovesong, de So Yong Kim, o cómo la cotidianidad se superpone al amor

Alguien me contactó a mi perfil de facebook hace como una semana, recordándome que tenía este espacio. Fue productivo el encuentro, pues, al querer escribir algo sobre la última película que me vi, Lovesong (2016, dir. So Yong Kim), pensé inmediatamente en lo beneficioso de concentrar toda una idea en algo que dure más que un chat en WhatsApp, donde muchas palabras terminan perdidas ante la inutilidad de su buscador o en una conversación en Messenger con una plataforma actualizada que me sigue sin ser amigable. Aquí estoy, entonces.

Poster oficial
Desde mucho antes de empezar a ver la película, sabía que su desarrollo era lento, pues tenía encima como cuatro meses de búsqueda y lectura de una que otra sinopsis. No estaba precisamente ante una cinta de acción o ante un melodrama. De hecho, el planteamiento del ritmo de la narración se me hizo similar al de Certain Women (2016, dir. Kelly Reichardt), aunque tengo que admitir que la obra aquí comentada fue mucho más satisfactoria. Ambas abordan su trama desde algo similar a la cotidianidad, en un momento donde sí, se desata una acción que es la que articula el sentido del relato, pero donde se plasma con intensidad el peso avasallador de la cotidianidad. La contrapartida son las propuestas como 500 days of Summer (2009, dir. Marc Webb) o de casi cualquier película de gran distribución en donde se nos muestra en pantalla una serie de momentos que conllevan a un crecimiento del personaje en el que se termina dando lugar a las acciones concluyentes del conflicto. En estas dos cintas, sencillamente, no «pasa nada».


No es que nuestros personajes sean sencillos o unidimensionales, pues estos momentos de tensión los afectan y, por ende, los transforman. Solo es que estos cambios apaciguan su resonancia en el mundo de la interacción entre personajes (o de la acción) al estar sumidos o ahogados en sus contextos. No va a haber una gran acción que cambie el curso de la vida porque, en general, estamos demasiado apegados a nuestros día a día, que se reproduce en esta serie sin fin de cotidianidad presente en unos perfiles demasiado humanos, pero cuya finalidad no es clamar un estaticismo sin fin, que sería absurdo, sino solo mostrar cómo, en un día a día, se escriben historias en nuestra piel, momentos o sentimientos que nos atraviesan, pero que nunca valen por sí solos para darle un giro 180° a nuestras existencias porque somos mucho más complejos que eso, porque tejemos muchos más vínculos, que justamente son eso que llamamos cotidianidad, sin que yo quiera malgastar la palabra.

lunes, 21 de diciembre de 2015

La sensación de lo mágico y su autoreferencialidad

Últimamente, con la implementación de los pilares del pensamiento de la Nueva Historia Cultural en casi todos los ámbitos de mi vida -pues soy de creer que el conocimiento está atado a una necesidad; que se busca porque se requiere y, en mi caso, la necesidad siempre ha rodeado la pregunta por el sentido-, me he vuelto un poco más materialista, si acaso hago un buen uso de ese término.

Siento que la teoría debe ir ligada a una práxis. Sí, sí, eso lo había entendido antes: la autopoiesis. Pero, ahora lo veo como una relación constante, que no se separa; no se puede entender teoría sin práctica ni práctica sin teoría. Preponderar algunos ideales es negar la vida misma y, con ella, la fuente principal de sus riquezas: las personas. Así que, toda idea debe estar sujeta a ser transformada por el devenir mismo. Ideas maleables, que preponderen el bienestar. Esa es la consigna.

Pero... confieso que no logro desligarme de algunas sombras metafísicas. En este caso preciso, la llamada «magia», que se basa, en pocas palabras, en leer linealmente una serie de acontecimientos para hacerlos especiales (resabios de la causalidad positivista y aquella otra que dictamina que las cosas «tenían que pasar»). Sé que tal pensamiento va en contradicción aparente con tal materialismo, pero... en la práctica, coexisten. El uno no implica una negación del otro, aun cuando, en la teoría, se vea una inconsistencia. Me justifico -aun cuando en algunos años, mi autocrítica me permita retirar mis palabras- en que es la multiplicidad misma de la vida, que no puede ser enclaustrada a un sistema.

lunes, 24 de agosto de 2015

Hoy tienes un recuerdo en Facebook

Hace poco, Nataly me mostró una función en FB llamada "Recuerdos". Básicamente, lo que hace es mostrarte qué publicaste, compartiste, te escribieron en el muro, quedaste como amigo de alguien en un día como hoy, pero de otro año. Me dio curiosidad y activé las alertas; los primeros días coincidieron con publicaciones de personas con las que no compartí mucho y uno que otro estado/canción con mi hermana, Laura. Fue bonito, pero no hubo mayor trascendencia. La aplicación cumplía su cometido de darme una pequeña risa.

Pero, resulta que no siempre compartes cosas que ves tan alejadas (o presentes, como mi amor con Laura) y por eso mismo terminas por olvidarlo. Ayer, no más, veía una publicación que fue comentada por quien luego fue pareja mía; rememorar cómo interactuábamos antes de tener la relación me sacó una sonrisa nostálgica, aunque él como individuo ya no me importe. Y hoy mismo veía una publicación en mi muro de alguien con quien tuve mi primera relación-constante-sin-compromiso. La publicación también estaba enmarcada en ese periodo del "antes de que pasara algo", cuando me parecía intrigante la persona, pero estaba en una relación... y bueno, yo también estaba intentando conseguir cercanía con alguien que me gustaba mucho por esa época (para spoilear, fue un completo fracaso, ¡mi buen 2013!).

domingo, 8 de febrero de 2015

¿Qué es lo que quiero?

Con Isaac he sostenido conversaciones sobre un tipo de interacción que me resulta fascinante: aquella en donde te tienen en la palma de su mano. Una relación caótica, donde no se presenta la seguridad sino que estás frente al no saber mañana qué será de ambos; en donde debes competir y resaltar, donde luchas por un control que no te otorgan. Las cosas no son fáciles y es eso mismo lo que le renueva la interacción; no hay cotidianidad sino que debes experimentar día tras día lo efímero y la inexistencia real de una relación... yo le dije que eso es lo que quiero; se lo dije a él y se lo dije a Cindy (esas cosas que uno habla con los amigos), ya que creo que soy una incapacitada para el compromiso por mi necesidad de tener buenos periodos de tiempo para mí.

Me emociono ante la idea; apenas atisbo algo similar, algo que me pueda hacer sentir viva, me lanzo, sin contemplar mucho las consecuencias. Aquella ciencia métrica del bien de la que hablaba Sócrates no tiene mayor relevancia en mí, que vivo creyendo en la vitalidad del presente frente a cualquier falsa ilusión del futuro. Me entran deseos de entregarme al caos, de sobrepasar los límites que me definen y perder toda identidad en el proceso; temo y añoro los pensamientos que me despiertan lecturas como El Tunel o Rosario Tijeras, en donde Juan Pablo Castel o Emilio se hunden debido a una orientación peligrosa de sus obsesiones. Podemos decir que ambos llegan al asesinato, apelando a cierta locura. Su mal no fue intrínseco, no estaba "dentro de ellos", sino que lo desarrollaron. A todos podría acontecer, y eso es lo terrorífico: aquel peligro que está próximo. No es que yo espere llegar al asesinato, pero si deseo desbordarme, perderme, que la situación me fuerce a dejar atrás el molde en que ahora estoy metida.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Nos dejó el 2014

Otro año que se va, otro que viene. No es que crea que los años son una reivindicación de lo cíclico de la vida y que por otro un año que se va, uno que viene. La afirmación me resulta absurda y superficial, pero tiene su validez; una forma relativamente sencilla de ordenar el tiempo, de controlarlo.

Lo que me jode es que estas fechas me llevan a reflexionar. Desearía dar una reflexión muy abarcativa, en la cual pusiera en juego las transformaciones a través de la periodización electa, pero la insatisfacción ante este año lleva a que la motivación, para tal proyecto, sea mínima. Sé que toda retrospectiva es sospechosa y que es fácil idealizar el pasado, pero no siento que salí de este año tan bien librada como lo fue el 2013. ¡Y es que, ese año fue espléndido, aun con sus puntapiés! Lo abandoné deseando introducirme en una ética estética en un plano muy formal, de poco contenido empírico. Y este lo abandono con un dilema: si aceptar lo hecho en el plano de la interacción como experiencia suficiente y seguir por mi camino, o si acaso adentrarme hasta caer en lo que considero la "bella decadencia de occidente". Un miedo por perderme me impulsa a la primera y un anhelo por destruir me impulsa a la segunda.

jueves, 27 de noviembre de 2014

"¿Cumple lo que necesito para que tengamos algo?"; la clasificación como mecanismo de control sobre la atracción

Si hay algo que disfruto, casi que con éxtasis religioso, es el redefinir. Hoy, conversando con Manuela, di pseudo-sistema o taxinomía a un montón de ideas que pululaban por mi mente. El tema se inició por un comentario, que pudo haber sido hasta trivial, acerca de que X persona no califica o sirve para que suceda "algo". Tal aclaración despertó en mí los "instintos" hermenéuticos, ya que, si todas las personas pasaran, a consciencia, por ese filtro de calificar o no calificar para algo, no hay una acción preferencial en decir que alguien no tiene los requerimientos esperados. Pero, que algunas personas pasen por esa batuta puede ser un rastro de una situación dialéctica en donde la negación se realiza para acallar una afirmación implícita. Explico.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Something is growing inside me

Ya me intuía que llegaría a este punto... solo que es raro reconocerlo. En mi se instala un interés negado por años. Un interés que opaqué y desprecié en los demás. Un interés que niebla lo demás; lo demás se pone a su servicio. 

Sí, entra en mi realidad 
Hoy yo tengo algo más 
Que jamás tuve ayer 
Necesitas vivirme un poco mas
solo un poco.

Una resignificación peligrosa de los fantasmas con que cargo. Tanto que se pudo y tan poco que se hizo... pero, ahora...